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Las madres biológicas, la mayoría de las veces, se ven obligadas a dar a sus hijs@s en adopción por circunstancias socio-económicas o/y culturales, pero no por su propia voluntad.

La historia de Chus Villegas nos acerca a una mujer que vivió esta experiencia.

1.- En el relato de tu historia dices que eres “una de las mal llamadas madres biológicas”¿Cómo te definirías?

Pues la verdad es que no sé muy bien cómo me definiría. Simplemente, soy una mujer que en la España del nacional-catolicismo por razones sociales y, sobre todo, familiares me ví obligada a entregar a mi bebé en adopción. Cuando fui consciente de que se nos denominaba “madres biológicas”, sentí un rechazo instintivo en mi interior. Pensé que toda mujer que ha parido es madre biológica, por lo cual ese calificativo no nos identificaba. Después, me dí cuenta de que ese rechazo, casi visceral, era por la palabra madre, ¿cómo podía llamarse madre a una mujer que “abandona” a su hijo? Sea por lo que sea, sigo sin reconocerme en esa denominación ni en otras muchas con las que se nos designa. Creo que no nos definen adecuadamente como colectivo. Yo, a mi misma, me gusta llamarme “madre del alba”.

2.- ¿Cómo crees que ha marcado tu vida el hecho de haber dado un hijo en adopción?

Ha mediatizado toda mi vida en el aspecto personal, familiar y social. Me dejó una serie de secuelas psicológicas, como trastornos emocionales, sentimientos ambivalentes, depresiones recurrentes, inseguridad, ansiedad, miedos… pero, sobre todo la culpabilidad como una segunda piel y un vacío que nada ni nadie ha podido llenar. A veces, he sentido una gran soledad. No pude ni plantearme tener hijos. Es lo único que aún no he podido superar; todavía hoy lloro desconsoladamente cuando siento que la vida me negó, o yo misma me lo prohibí, lo que más hubiera deseado: tener hijos y darles todo mi amor, mi ternura, mi compresión, mi apoyo… Mis relaciones interpersonales, con mi familia y amigos también se han visto condicionadas. De hecho, me fui alejando hasta cortar con todos los amigos de la infancia, del colegio y de la Universidad. Pero todo ha contribuido a hacerme crecer como persona. Me ha hecho más fuerte, tolerante y compresiva con los demás y, sobre todo, me ha llevado a identificarme con el sufrimiento de los demás y a intentar ayudar.

3.- ¿Cuál es tu concepto de la maternidad?

Pues, no sé… Desde luego, para mí el engendrar y parir un hijo no me otorga la condición de madre. La madre de mi hijo, sin calificativo alguno, es la que lo ha criado, cuidado, amado… La que le ha dado todo aquello que yo, por mis circunstancias, en esos momentos, no pude darle. Ya sé que por el hecho de haberle parido soy su madre pero no me siento como tal. Bueno… la verdad es que no sé si esta postura corresponde a un discurso interno elaborado a través de 38 años debido a la culpabilidad y el miedo. Además, hasta hace poco, era el bebé que di en adopción, no podía referirme a él con la palabra hijo; me parecía kafkiano que una persona pudiera tener dos madres. Supongo que aún me quedan cantidad de cosas por elaborar y asumir en esta historia. Lo único que he descubierto, y no hace tanto, es que mi mayor anhelo en esta vida es que mi hijo se decida a buscarme. Hasta entonces creía que estaba ahí por si él necesitaba encontrarme.

4.- ¿Cuándo iniciaste la búsqueda de tu hijo?

En la Semana Santa de 1997. Fue cuando leí en un reportaje del diario El Mundo las declaraciones de unos hijos adoptados, pertenecientes a la extinguida ANDAS (Asociación Nacional del Derecho a Saber). Hablaban de la necesidad de encontrar sus raíces, del vacío tan grande que sentían, de sus deseos de conocer a la mujer que les había dado la vida… Nunca se me había ocurrido pensar que mi hijo podría sufrir por el hecho de ser adoptado. Creí que me “volvía loca”, lloraba y lloraba repitiéndome a mi misma: “¡Dios qué he hecho!, además de haberle abandonado está sufriendo por mi culpa”.

5.- ¿Cómo ha sido el camino?

Desesperante e infructuoso. En aquel momento me hice socia de ANDAS, conecté con el Arzobispado de Pamplona, con Villa Teresita (en donde había escondido mi embarazo), recurrí a personas influyentes que conocía de mi época de estudiante en Pamplona. Nada. Siempre recibí la misma repuesta: “Olvídalo, pasa pagina, eso ocurrió hace muchos años, seguro que tu hijo está bien”. Por entonces fue cuando empecé a “confesar mi secreto” a mis mejores amigas y a hablarlo abiertamente con mi pareja, aunque él lo supo desde el principio de nuestra relación. Todos me venían a decir lo mismo: “Eso pertenece a tu pasado, es un hecho que debes olvidar, bastante has sufrido ya”. Pero, yo notaba que les era, y les es, violento hablar del tema. Me volví a replegar en mi misma. Apareció un nuevo sentimiento en mí, el de la incertidumbre. En 1997 la Delegada de Andas en Canarias me dijo que un adoptado buscaba a su madre y que en principio todos los datos coincidían. Después de miles de llamadas telefónicas y de información contradictoria, me facilitaron un nombre y un teléfono, el de mi supuesto hijo. El miedo me impidió conectar con él. Dije que nos hiciéramos ambos las pruebas del ADN. Nunca volví a saber nada más. Retomé la búsqueda hace dos años pero todo ha sido inútil. Si él no me busca, nunca habrá encuentro. En noviembre pasado un chico se puso en contacto conmigo, creyendo sin la menor duda que yo era su madre. Ambos vivimos durante casi dos meses un sueño, pero al hacernos las pruebas de ADN se confirmó que no era mi hijo.

6.- Creo que la mayoría de las familias adoptivas tratamos de que nuestros hijos elaboren su propia historia desde el amor hacia quienes les transmitieron la vida ¿has recibido apoyos para elaborar tu propia historia?

Las madres adoptivas de ahora sí lo hacen, las de mi época creo que no. Antes lo que predominaba era el ocultar al hijo la condición de adoptado y si este lo descubría lo habitual era hablar de la mujer que le parió en términos despectivos e insultantes. Era frecuente referirse a ella como la puta que lo abandonó. En cuanto si he recibido apoyos, creo que ninguno. Hasta los psicólogos o psiquiatras de turno (me he pasado mi vida prácticamente entre ellos) fueron incapaces de ver que era mi verdadero trauma y sólo incidían en los problemas de mi niñez. Desde Febrero de 2010 en que me metí de lleno en el mundo de la adopción, es cuando he dejado de sentirme sola y he podido avanzar en la construcción y aceptación de mi propia historia. Recientemente mi marido ha comprendido que es una herida que nunca podrá cerrarse, -¿ni con el encuentro con mi hijo?-, y ha dejado de pensar, como todos, que lo que me pasa es que estoy “colgada del pasado”. Es con el único de mi entorno con el que puedo hablar del tema y desahogarme. Los familiares y amigos a los que les dije que me había hecho la prueba del ADN, porque creía que había encontrado a mi hijo, han sido incapaces de preguntarme por el resultado de las pruebas.

7. – Mientras permaneces en esa espera de encontrar a tu hijo ¿qué otros sueños e ilusiones tienes?

A estas alturas de mi vida, aunque mi deseo es muy fuerte, más que un sueño es una esperanza. Los sueños tienen pocas probabilidades de realizarse, prefiero hablar de proyectos. Como soy una persona muy activa y con muchas inquietudes, me he pasado la vida metida en todo tipo de actividades pero también es cierto que, muchas de las acciones emprendidas, una vez agotada la curiosidad y la ilusión de lo nuevo, las he abandonado. Este proceder estoy convencida que se debía al vacio del que antes hablé. Era como si no encontrara mi “sitio” en la vida. Ahora, que por fin tengo claro lo que quiero, ¡ya era hora, con 63 años!, me encantaría ocuparme de temas relacionados con la adopción. De hecho es lo que vengo haciendo desde hace dos años, se ponen en contacto conmigo muchas personas adoptadas y les ayudo en lo que puedo. También quisiera trabajar con las madres que, como yo, entregaron a sus hijos en adopción. Sobre todo, luchar para que podamos estar codo a codo con las otras dos partes de la triada. Bueno… esto sí que es un sueño porque no me negarás que somos las grandes olvidadas. Es un hecho que las madres biológicas no tenemos cabida en ninguna de de las organizaciones dedicadas a los temas de la adopción, ni se hace referencia en sus páginas web a este colectivo. Siempre que comento el tema se me responde lo mismo, que exceptuándome a mí y a unas pocas más, ¿dónde están esas madres? Pero quizás nadie se ha planteado que precisamente por esa falta de apoyo la mayoría siguen escondidas.

8.- Además de madre (porque madre no es solo la que cría sino también la que pare, tanto monta, monta tanto) eres mujer. Imagina que dentro de unos años decides escribir tus memorias ¿qué te gustaría poder contar en ellas?

Bueno, madre que no ha ejercido como tal. Hace varios años que me lo estoy planteando y sé que acabaré escribiéndola porque es una necesidad que me persigue y además me encanta escribir. Si no lo he hecho aún es porque quisiera contar “toda” mi historia… creo que me lo podría plantear como una catarsis.

9.- Aunque no hayáis podido criarlo, una parte de tí y otra del padre, están en vuestro hijo ¿cómo te sientes al verlo así?

¿Hayáis? ¡Pero si del padre, desde que me fui a “Villa Teresita” a esconder mi embarazo, no volví a saber nada! Pues, no sé ni si siento algo, es una realidad genética tan obvia. Bueno… sí, con curiosidad por si se parece a mí, deseos de ponerle unas facciones, una voz, una mirada, en definitiva, una identidad. Salir de la incertidumbre de cómo ha sido su vida, si sus padres le han dado todo el amor y cariño que yo no pude. Que deje de ser una sombra de mi pasado. No sé si esto contesta la pregunta. La verdad es que la veo un poco extraña. De todas formas, por mi experiencia familiar, hace tiempo que dejé de creer en los lazos y ataduras impuestos por la biología y ya, solamente creo en los vínculos que libremente elijo, dándole el contenido y la forma que ambas partes decidamos. Estoy diciendo esto y, al mismo tiempo, soy consciente de que puede ser contradictorio con el anhelo de encontrar a mi hijo.

Días más tarde, Chus me envía un mail en el que hace algunas reflexiones en torno a la última pregunta:

«Me acabo de levantar y no sé por qué me ha venido a la cabeza tu última pregunta y he sentido una punzada en el corazón y hasta me han entrado ganas de llorar. La verdad es, que me quedé mucho en rato en blanco delante de tu pregunta que me parecía rara. No era eso, es que no quería entenderla porque me hacía daño. En primer lugar, porque ese plural, “hayáis”, me devolvió a la soledad de aquellos meses. Es cierto que Paco, el padre, me ayudó cuando estuve casi dos meses buscando abortar. Cuando volví a mi pueblo después de tantos intentos infructuosos, él estaba allí pero no recuerdo para nada cual fue mi relación con él hasta que me fui a Villa Teresita. De esta parte sólo recuerdo el miedo a que mi padre se enterara de que estaba embarazada. Precisamente por el padre de mi hijo, se enteraron en el pueblo que estaba embarazada en Pamplona. Cuando regresé a Villarrubia, después de haber parido, él había desaparecido. Era el Secretario del Ayuntamiento y el Alcalde, que era tío mío, le había obligado a dejar el pueblo. La segunda parte de tu pregunta, es la que ha motivado ese malestar, por llamarlo de alguna manera. Nunca me había planteado que una parte de mí estaba en ese hijo del que no sé nada. Visto así, me produce una tristeza inmensa. Ese rechazo “a lo biológico”, me viene, como dije, por mi experiencia familiar, padres y hermanos, e inconscientemente, lo he hecho extensivo a mi hijo. Así, la realidad no me es tan dura. Es una forma de parapetarme de esa cruda realidad, de que me ví forzada a mutilar una parte de mí. Aunque duela, me encanta descubrir cada día algo más relacionado con esta historia y aclarar mis sentimientos.» chus actual   Quiero creer en un milagro, que mi hijo lea alguna vez, por casualidad, algo sobre mi y me encuentre. Estos son los datos que le llevarían a relacionarme con él. Chus Villegas escondió su embarazo en Villa Teresita de Pamplona. Parió un varón en la Clínica Gortari. En el libro de partos figura como Ana Díaz Toledo, el 5 de Octubre de 1971 a las 14:30h.