Por Eva Gispert

Hay muchas maneras de formar una familia. ¡Y no digamos de sentirla como tal!

imagen niña jugandoEl significado que atribuimos al término familia y sobre todo al de “madre”, “padre” no deja de ser consecuencia de la educación recibida, del aprendizaje realizado en un determinado contexto, nunca inocuo, en el que hay que incluir las características personales de nuestros padres y madres, el peso del ambiente social de la época y las experiencias vividas. Y también de la evolución que nosotr@s mism@s hacemos en nuestro recorrido vital. Para algun@s los términos “madre” y “padre” tienen un único significado. “Padre y madre son los que crían y te cuidan, ¡no los que te paren!” Muy comprensible. El lenguaje siempre va ligado a los sentimientos y a su grado de elaboración. Así crecí yo defendiendo con naturalidad y tranquilidad este único significado. Hasta que apareció otra madre que proclamaba también este nombre. Lo acepté “enseguida” racionalmente, aunque cosa distinta fue elaborarlo y aceptarlo emocionalmente.

La necesidad de asegurar y reafirmar el vínculo creado nos induce, muchas veces, a negar realidades. No siempre se trata de un conflicto de fidelidades, como a menudo se ha comentado en la “literatura “adoptiva. Asoma el miedo a desenterrar una memoria implícita. ¡No es nada fácil! Requiere mucho trabajo y valentía porque hay que descender a las catacumbas y revisar los cimientos, derribar, muchas veces, las falsas creencias y los calificativos infundados, nunca exentos de juicios. Resultaría todo más sencillo y natural si los padres y madres adoptivos ayudáramos a ello desde que nuestros hij@s son muy pequeños. No es solo una cuestión de justicia (término cargado también de matices e historia, valoraciones culturales, etc…) sino que sea lo que sea lo sucedido, es fundamental conocer la verdad de la historia, de la genética y de lo ocurrido como parte de la identidad.

Si no aceptamos esta parte nuestra, (y ahora hablo tanto como madre e hija y seguramente como profesional, porque ya no puedo olvidar todo lo aprendido) difícilmente alcanzaremos cierta coherencia interna y paz interior que emana de la conciencia y la aceptación de lo que somos. Dependerá de cada historia vivida por nuest@s hij@s y de la nuestra propia el que como adultos y como padres y madres sepamos acompañarles en el proceso de elaboración que ellos deben realizar. Los padres y madres adoptiv@s tenemos, en mi opinión, una responsabilidad adicional y hoy enfrentamos el gran reto que much@s, sin ser del todo conscientes de la envergadura, que tomamos con la adopción.

El reto de sumergirnos de lleno en su mundo, aprender su lenguaje emocional, con verdadera empatía para llegar a ellos, sin dejar de proporcionarles la firmeza, la estabilidad que también necesitan. Solo así podremos ayudarles a sentirse más seguro@s. ¡Qué reto y qué aprendizaje tan fantástico para nosotr@s mism@s el traspasar con ell@s las barreras de sus primer@s modelos de aprendizaje, transmitirles también el impacto y la importancia que tuvo la otra madre (la biológica) en su/nuestra historia, los miedos que estas primeras vivencias de abandono dejaron en ell@s y en nosotr@s. ¡Qué reto tan impresionante el que aprendan con nosotr@s a confiar en el mundo, en la vida, en ell@s mism@s, a aceptar la complejidad, a no hacer juicios baladíes que tanto dañan a quienes nos engendraron y a nosotr@s mismos . Serán ell@s los que con el tiempo otorgarán peso y significado a los términos “padre” y “madre”, significados que seguramente irán cambiando en función, también, de su propia evolución. Es algo vivificante el poder ver las carencias, comprender cómo se va construyendo la persona, aproximarse a los miedos y singularidades que se dan en la adopción. No hay que confundirse con todo ello mediante la negación.