Por Marga Muñiz Aguilar

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Una de las situaciones más difíciles de entender, tanto por parte de las familias como de los profesionales de la enseñanza, es la de aquellos niños adoptados que, tras aprender el nuevo idioma con relativa facilidad e iniciar la escolaridad sin ningún problema aparente, a medida que avanzan los cursos se van quedando rezagados.

 

 

Según los expertos, por cada 3-5 meses de vida en un orfanato hay un retraso de un mes de crecimiento lineal en términos de peso, altura y otros indicadores físicos de desarrollo. Es imposible, desde luego, hacer el mismo cálculo en términos de crecimiento emocional, cognitivo y otros indicadores académicos, pero la analogía es bastante clara: la estancia en una institución puede producir no sólo retrasos físicos, que son los primeros en superarse tras el cambio de las condiciones adversas, sino también retrasos en las habilidades cognitivas, en el desarrollo emocional y en la maduración de las conductas de autorregulación. Éste es el motivo por el cual, cuando se dan estas circunstancias, las consecuencias académicas que nos encontramos son las siguientes:

• Falta de habilidades y estrategias cognitivas adecuadas a su edad.
• Pobre organización de la base de conocimiento, que le impide transferir o generalizar lo aprendido. 
• Insuficiente motivación intrínseca, que se presenta como falta de memoria y atención. 
• Regulación inmadura de la conducta que provoca problemas de comportamiento.

 

Estas son las primeras señas de identidad de lo que se conoce como Déficit Cognitivo Acumulativo. Se caracteriza por un progreso lento de los aprendizajes escolares después de una fase inicial de aparentemente rápida adquisición del lenguaje.

El origen del problema está en la falta de estimulación en los períodos sensibles de aprendizaje, cuando mayor actividad cerebral se produce y las sinapsis o interconexiones neuronales se multiplican. Durante estos períodos, conocidos como “Ventanas de Aprendizaje”, la estimulación de cualquiera de sus funciones también desarrolla las demás, de manera que a mayor conocimiento adquirido en forma ordenada y predecible, mayor capacidad del cerebro para procesar toda esa información, ordenarla, jerarquizarla y descubrir las reglas que la rigen. En suma, mayor desarrollo de la inteligencia.

 

Los dos primeros años de vida son los más sensibles para el aprendizaje del lenguaje y este aprendizaje va a determinar el nivel de funcionamiento intelectual en los años venideros. Es sintomático que los problemas de lenguaje sean, precisamente, las deficiencias más comunes en los menores adoptados, debido a la falta de calidad o cantidad de interacción entre el menor y los adultos en estos llamados períodos críticos de desarrollo, ya que las actividades cognitivas de aprendizaje son muy limitadas en los orfanatos y esto tiene un impacto negativo en la maduración del lenguaje. Cuanto más tiempo permanezca en la institución, se incrementa la probabilidad de problemas relacionados con el lenguaje.

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La falta de estimulación en estos períodos críticos resultará en retrasos en muchas de esas funciones, de forma que cuando avancen a niveles superiores de aprendizaje después de la adopción, no podrán beneficiarse de la nueva situación ambiental. Muchas veces, la relativa debilidad que muestran estos niños en las habilidades cognitivas se les atribuye a su historial de abandono e institucionalización, pensando que con su “normalización” escolar desaparecerán los desniveles que hay en relación a sus compañeros. Sin embargo, frecuentemente, lo que se observa es que a medida que pasan los cursos, no parece que se estén beneficiando de su nuevo entorno educativo, sino todo lo contrario. Sus funciones cognitivas progresan más lentamente de lo que demanda la ubicación escolar donde le

encuadraron al incorporarse al sistema escolar. Y, por otra parte, la atención, motivación y habilidad para tolerar la frustración en actividades cognitivas va empeorando con el paso del tiempo, apareciendo señales de ensoñación y aburrimiento en las clases, cuando no conductas disruptivas, que terminan provocando problemas conductuales serios en algunos casos.

 

El grupo de mayor riesgo es el los niños adoptados entre 4 y 8 años. Por debajo de esta edad tiene un margen para recuperar las funciones no desarrolladas, antes de entrar en la enseñanza primaria. Los mayores de 8 años, seguramente saben leer y escribir en su lengua de origen, por lo cual pueden transferir algunas de las habilidades lingüísticas al nuevo idioma.

 

El remedio tradicional para niños que presentan estos problemas (trabajo más intenso en grupo pequeño o individual, siguiendo la misma metodología que en clase) suele ser ineficaz, cuando no contraproducente. Es ineficaz porque esta solución asume la presencia de una base cognitiva adecuada, que es precisamente lo que está ausente. Puede ser contraproducente porque supone aumentar el nivel de frustración cuando los resultados no acompañan a los esfuerzos realizados.
La investigación y la práctica apuntan a una estrategia que incluya:

• Una adecuada valoración inicial.

• Una apropiada ubicación escolar de acuerdo a sus competencias actuales y no a su edad cronológica.

• La enseñanza de habilidades cognitivas específicas por parte de especialistas, que les permita aumentar su competencia cognitiva.
• Abordaje adecuado del componente emocional del problema.
• Apoyo cognitivo, lingüístico y emocional en casa a través de las actividades cotidianas.