Por Marga Muñiz Aguilar.

Directora recursos psicopedagógicos

Alguncolor1os, o quizás muchos de nosotros, cuando decidimos adoptar un niño o una niña de otra raza lo hicimos desde la idea de que el amor y la aceptación serían suficientes, aunque el tiempo nos ha hecho tomar conciencia de que el amor puede ser ciego al color, pero la sociedad no lo es, con lo cual es evidente que tenemos que educar a nuestros hijos para saber gestionar esta realidad. El no hablarlo o minimizarlo, lo invisibliza, pero no por ello lo hace desaparecer.

Probablemente cuando adoptamos ninguno de nosotros conocía ni siquiera la expresión privilegio blanco, que hace referencia a la forma en que las personas blancas se benefician, de alguna forma, en una sociedad racista. Se trata de ventajas inmerecidas y algunas veces inadvertidas, que están basadas únicamente en el color de la piel. Cari
McCay nos habla en la entrevista de cómo la enervaba que la policía la mirara por la calle, porque eso significaba que ella, una mujer negra, aunque hubiera nacido y crecido en España, levantaba más sospechas que una persona blanca. Esa misma política de la sospecha es la que tienen que afrontar, en muchas ocasiones, las personas de otra raza cuando deciden alquilar una vivienda o ante una oferta de empleo. A igualdad de condiciones con una persona de raza blanca tienen que demostrar mayor solvencia, preparación y/o valía personal.

También ocurre en el mundo del deporte. La UEFA impuso una multa a la Real Federación Española de Fútbol por los cánticos racistas de algunos de sus aficionados contra el jugador italiano de raza negra Mario Balotelli durante el partido entre España e Italia de cuartos de final de la Eurocopa 2012. Para prevenir tales actitudes los capitanes de las selecciones de España y Portugal leyeron, antes de comenzar el partido de semifinales, un manifiesto para evitar los comportamientos xenófobos por parte de los aficionados. En todo el campeonato ningún jugador de raza blanca había recibido insultos por el simple hecho del color de su piel.

Por otra parte, la campaña que ha surgido en foros de internet, y de la que se han hecho eco algunos medios de comunicación, en torno al color piel, ha puesto de manifiesto también no sólo la falta de sensibilidad ante la diversidad, sino incluso cómo aunque rechacemos el prejuicio y la discriminación por convicción, lo podemos estar reproduciendo sin ser conscientes de ello. El tema no era la necesidad de que existieran tiritas de distintos tonos de piel, que las hay en países donde la diversidad racial es lo suficientemente amplia como para que las empresas vieran como rentable su fabricación, sino el concepto subyacente detrás del término color piel.
Este mismo concepto está detrás de otro término ampliamente usado en las escuelas, el color carne, aquel de tono rosáceo o anaranjado que tradicionalmente se ha usado para colorear la piel, como si ese fuera el único tono de piel posible. En países con amplia diversidad racial se comercializan lápices multiétnicos con colores sepia,siena, caoba, etc., para solventar esta cuestión; algo que todavía no ha llegado a nuestro país, pero es importante que vayamos tomando conciencia de que todos estos conceptos transmiten a nuestros hijos el sentimiento de que lo “normal” es tener ese color de piel y que los demás tipos de piel no son de tanto valor.
Estos son sólo algunos ejemplos, por lo que es evidente que el componente racial tiene que formar parte de la educación de nuestros hijos si queremos que crezcan con una autoestima y una identidad racial positiva. Tenemos que tomar conciencia de que mientras van de la mano con nosotros son “uno de los nuestros”, pero cuando crezcan y vayan solos, la mirada “del otro” los convertirá en personas de “fuera”.
Pero no se trata sólo de nuestros hijos, se trata también de contribuir a que el mundo en el que vivimos sea más respetuoso ante cualquier tipo de diferencia, porque las diferencias no son malas en sí mismas, lo que es malo es verlas como algo negativo. Desde aquí, desde “nuestra mirada”, queremos contribuir a terminar con cualquier actitud, consciente o inconsciente, que discrimine a las personas en función de su raza, sexo, religión u opinión, aportando nuestro granito de arena para que todos nosotros, y la sociedad en general, pueda ver el potencial y la riqueza que existe en la diversidad.