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Por Marga Muñiz Aguilar

Tus creencias se convierten en tus pensamientos, tus pensamientos se convierten en tus palabras, tus palabras se convierten en tus actos, tus actos se convierten en tus hábitos, tus hábitos se convierten en tus valores, tus valores se convierten en tu destino.


Mahatma Gandhi

En una región remota del Himalaya, a casi 3000 metros de altitud, en la provincia de Yunnan, al sudoeste de China, vive una de las pocas sociedades matriarcales que perduran hoy día.

Forman una comunidad de unos 30.000 habitantes en la que hombres y mujeres se ubican en posiciones muy diferentes a las que estamos acostumbrados. Las mujeres eligen a sus amantes, administran la economía, marcan la línea sucesoria, organizan el trabajo, distribuyen los bienes, se encargan del bienestar de la familia, etc, mientras que los hombres casi siempre viven lejos, en las casas de sus madres, y no tienen responsabilidades familiares. A diferencia del resto de China, los Mosuo prefieren las hijas a los hijos. El gobierno chino, por una excepción y dada la peculiaridad de este grupo –al que trató de imponer el modo de vida Crecimiento Personal patriarcal y fracasó- le permite tener hasta tres hijos a cada mujer, cuando para el resto del país se impone la ley del hijo único.

En este pueblo, hombres y mujeres no se casan, ya que creen que si se quiere tener una familia estable es una locura ir a vivir con un miembro de otra familia. Una convivencia de este tipo -unida por el amor, la sexualidad, la economía y los hijos resulta totalmente impensable ya que para ellas la familia es más importante que el matrimonio. Las relaciones pueden durar una noche o toda una vida, pero sólo si la mujer lo desea. Aunque de la relación nazca un niño o una niña, ningún padre vive con sus hijos porque se considera como familia a los que tienen lazos de sangre directos. La figura central es la matriarca y con ella viven sus hijos e hijas, sus hermanos y hermanas, y su madre. También viven los hijos de las hermanas y los nietos. Lo que no hay son maridos. Los hombres sin lazo directo con la matriarca pertenecen a otra casa. Esto implica la ausencia total de padres, a quienes se desconoce o, en último caso, se les considera de otra familia. De hecho, su idioma ni siquiera tiene un término para referirse a él.

¿Cómo es posible que en una cultura como la nuestra la figura del padre resulte fundamental y en ésta ni siquiera tenga un término para referirse a él?
Al parecer, la diferencia está, simplemente, en el sistema de creencias. Si crees que es fundamental, te puede, por ejemplo, doler su ausencia. Si no crees que sea fundamental, ni siquiera te planteas que su ausencia pueda doler y, por tanto, no te duele.

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La clave parece ser que está en el hecho de que cuando creemos que algo es fundamental, puede doler su ausencia, mientras que si no se plantea así, tampoco lo es su ausencia. ¿La realidad que vivimos es real o es fruto de nuestras creencias? ¿Pueden ser, entonces, muchas de nuestras creencias limitantes, puesto que son fruto sólo de un sistema de valores recibido? ¿Cuándo hablamos de la mochila que traen nuestr@s hij@s hablamos de una realidad o de una creencia limitante? ¿Y cuando hablamos de las secuelas del abandono? ¿Si enfatizamos las consecuencias de esa carencia la hacemos real y si no la enfatizamos hablamos de resiliencia? ¿Dónde están los límites? ¿Somos realmente dueños denuestro destino, como decía Gandhi?

Bruce H. Lipton, biólogo especializado en células madre y autor del libro “La biología de la creencia”, por el que recibió en 2006 el premio al mejor libro de ciencia por la USA Book News, confirma esta tesis. Lipton impartió clases de Biología Celular en la Facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin y más tarde llevó a cabo estudios de Epigénetica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford que lo llevaron al convencimiento de que nuestra realidad puede cambiar si reeducamos nuestras creencias y percepciones limitadoras.
Según Lipton, no son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente; son nuestras creencias las que controlan nuestro cuerpo, nuestra mente y, por tanto, nuestra vida.
Los comportamientos, las creencias y las actitudes que los humanos observamos en nuestros padres se graban en nuestro cerebro con tanta firmeza como las rutas sinápticas de la mente subconsciente. Una vez que la información se almacena en el subconsciente, controla nuestra biología durante el resto de nuestra vida… a menos que descubramos una forma de volver a programarla.

En realidad, el subconsciente es una base de datos carente de emociones en el que se almacenan programas y cuya función se limita únicamente a interpretar las señales medio ambientales y a activar los programas apropiados sin hacer juicios ni preguntas. La mente subconsciente es un «disco duro» programable en el que se almacenan las experiencias de nuestra vida. Los programas son en su mayoría comportamientos grabados de estímulo respuesta.

Los estímulos que desencadenan dichos comportamientos pueden ser señales que el sistema nervioso detecta en el mundo exterior o señales procedentes del organismo, tales como las emociones, el placer o el dolor. Cuando se percibe un estímulo, se desencadena de forma automática una respuesta que fue aprendida cuando se detectó ese estímulo por primera vez.

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La mente subconsciente es nuestro «piloto automático», la mente consciente es el control manual. Por ejemplo, si una pelota se acerca a tu ojo, la mente consciente (más lenta) tal vez no tenga tiempo de percibir el amenazador proyectil. Sin embargo, la mente subconsciente, que procesa alrededor de veinte millones de estímulos por segundo (frente a los cuarenta que interpreta la mente consciente en ese mismo tiempo) hará que el ojo se cierre. El subconsciente, uno de los procesadores de información más poderosos que se conocen, examina con detenimiento el mundo que nos rodea y las señales internas; percibe las condiciones del entorno y reacciona de forma inmediata seleccionando un comportamiento previamente adquirido (aprendido) y todo sin la ayuda, la supervisión o siquiera la conciencia de la mente consciente.

La mente consciente es el «yo», la voz de nuestros pensamientos. Puede tener grandes visiones o planes de futuro llenos de amor, salud, felicidad y prosperidad. Mientras ocupamos nuestra mente consciente con pensamientos felices, ¿quién se encarga de dirigir la función? El subconsciente. ¿Cómo se las apaña el subconsciente para dirigir nuestros asuntos? Justo como le han enseñado a hacerlo. Es posible que los comportamientos subconscientes que se llevan a cabo cuando no prestamos atención no sean creaciones nuestras, ya que la mayor parte de las conductas se han aprendido observando a otras personas. Puesto que los comportamientos realizados por el subconsciente no suelen estar vigilados por la mente consciente, mucha gente se sorprende al descubrir que son «iguales» que su padre o que su madre, las personas que programaron su mente subconsciente.

Cabe también la posibilidad de que los comportamientos aprendidos y las creencias adquiridas de otras personas (de los padres, de los amigos o de los profesores, por ejemplo) no estén de acuerdo con las metas de nuestra mente consciente. Por eso, el mayor obstáculo para conseguir el éxito en aquello que soñamos son las limitaciones programadas en el subconsciente, porque las utilizamos en el 95% de las ocasiones. Es quien realmente controla nuestra mente. De ahí que los pensamientos positivos pueden ayudar pero no son suficientes.
La futilidad de luchar contra el subconsciente es un mensaje difícil de entender, ya que uno de los programas que la mayoría de nosotros almacenamos desde pequeños es que con fuerza de voluntad se pueden conseguir las metas. Así pues, intentamos una y otra vez superar nuestra programación subconsciente. Por lo general, dichos esfuerzos se
encuentran con distintos grados de resistencia, ya que las células se ven obligadas a seguir el programa subconsciente.

Según Lipton, las tensiones entre la fuerza de voluntad consciente y la programación subconsciente pueden derivar en graves trastornos neurológicos.En su libro cuenta un magnífico ejemplo de por qué no se debe desafiar a la mente subconsciente. Puede verse en la película Shine. En esta película, basada en una historia real, el pianista australiano David Helfgott se marcha a Londres para estudiar música en contra de los deseos de su padre. El padre de Helfgott, un superviviente del Holocausto, programó el subconsciente de su hijo con la creencia de que el mundo era un lugar traicionero, de que si «destacaba» de alguna forma podría poner su vida en peligro. Su padre insistió en que sólo estaría a salvo si se quedaba cerca de su familia. A pesar de la implacable programación de su padre, Helfgott sabía que era uno de los mejores pianistas del mundo y que necesitaba a lejarse de su padre para cumplir su sueño. En Londres, Helfgott interpretó el complicadísimo Concierto para piano número tres de Rachmaninov en una competición. La película muestra el conflicto entre su mente consciente, que desea el éxito, y su subconsciente, preocupada porque el hecho de destacar, de ser reconocido internacionalmente, suponía una amenaza para su vida. Mientras interpreta el concierto se le llena la frente de sudor. La mente consciente de Helfgott lucha por mantener el control mientras su mente
subconsciente, temerosa de ganar, trata de tomar las riendas de su cuerpo.

Helfgott se obliga de forma consciente a mantener el control durante el concierto hasta que toca la última nota. Después se desmaya, exhausto tras la enorme pérdida de energía que ha consumido en la batalla contra su programación subconsciente. Pagó un alto precio por esa «victoria» contra el subconsciente: cuando recuperó el sentido, se había vuelto loco.

La mayoría de nosotros nos enzarzamos en batallas mucho menos dramáticas con nuestro subconsciente cuando tratamos de contrarrestar la programación que nos enseñaron de niños. Somos testigos de nuestra capacidad para aceptar trabajos en los que fracasamos o para permanecer en un puesto de trabajo que odiamos porque «no nos merecemos una vida mejor». Los métodos convencionales para eliminar los comportamientos destructivos incluyen fármacos y terapia conversacional. Los métodos más innovadores proponen cambiar nuestra programación mediante el reconocimiento de que no tiene sentido «razonar» con el subconsciente.
Estos últimos métodos resaltan la importancia de los descubrimientos de la física cuántica que relacionan energía y pensamiento. De hecho, estas modalidades que reprograman los comportamientos adquiridos previamente pueden denominarse en su conjunto psicología de la energía, como Psych-k o EFT.

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¿Por qué algunos niños adoptados prosperan a pesar del ambiente en el que se desarrollaron y otros no?

Lipton también se pregunta por qué algunos niños adoptados prosperan a pesar del ambiente en el que se desarrollaron y otros no. ¿Es porque tienen genes «mejores»? Su respuesta es negativa. En su opinión se debe probablemente a que sus padres biológicos les proporcionaron un entorno pre y perinatal favorable, al igual que una buena alimentación en los puntos cruciales del desarrollo del niño. La lección que tienen que aprender los padres adoptivos es que no deben pretender que las vidas de sus hijos comenzaron cuando llegaron a su nuevo entorno.
Tal vez los padres biológicos ya hayan programado a sus hijos con la creencia de que no son deseados ni dignos de amor. Con un poco de suerte, tal vez hayan recibido en algún punto crucial de su desarrollo mensajes positivos y reconfortantes por parte de sus cuidadores. Si los padres adoptivos no conocen la existencia de la programación pre y perinatal, quizá no puedan enfrentarse de una forma realista con los problemas que pueden surgir tras la adopción. Quizá no se den cuenta de que sus hijos no han llegado hasta ellos como una «página en blanco», como tampoco ningún recién nacido llega al mundo como páginas en blanco, sin verse afectados por los nueve meses que han pasado en el útero de su madre. Es mejor reconocer la existencia de esa programación y, si es necesario, trabajar para cambiarla. Tanto para los padres adoptivos como para los que no lo son, el mensaje está claro: los genes de los hijos reflejan sólo su potencial, no su destino. Es cosa suya proporcionarles un entorno que les permita desarrollar su máximo potencial.

Lipton visitó recientemente nuestro país y su presencia no pasó desapercibida para los medios de comunicación, que se hicieron eco de sus
investigaciones.

Si te interesa el tema puedes visitar los siguientes enlaces.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-bruce-lipton/1130112/

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20110909/54213913374/lo-que-pensamos-varia-nuestra-biologia.html

También puedes comprar su libro desde la web

http://www.casadellibro.com/libro-la-biologia-de-la-creencia-la-liberacion-del-poder-de-la-conciencia-la-materia-y-los-milagros/9788496665187/1136153