Por Marga Muñiz Aguilar

 

toxica1Cuando hablamos de relaciones tóxicas confrecuencia pensamos en relaciones de pareja, pero en realidad este tipo de relaciones se puede dar en cualquier ámbito social: entre amigos, entre padres e hijos, entre compañeros de trabajo, entre jefe y empleado. Se trata de relaciones en las que las dos partes, o una de ellas, se siente atrapada y de las que resulta difícil salir.

 

 

Según el diccionario, el término tóxico se usa para designar y calificar todos aquellos elementos o sustancias que resultan nocivos para un organismo. Las relaciones humanas se pueden inscribir dentro de este concepto cuando son dañinas. Así, una relación es tóxica cuando una o las dos personas sufren más que disfrutan, o cuando se desgastan más de lo que crecen.
En las relaciones tóxicas siempre tiene que haber el que necesita y el que da, y ambos se retroalimentan entre sí. Se trata de relaciones en la que se pasan por alto cosas que si no se estuviera en ese tipo de relación no se consentirían, como gustos, valores, aficiones. La única forma de parar esta espiral es que una de las dos partes decida romper esa dinámica.
Las relaciones tóxicas más injustas son las que se dan entre padres e hijos, por ser una relación desigual, ya que los padres significan la autoridad. Una madre o un padre que abruma con su amor, que no le deja su espacio al hijo, que lo cohíbe, que lo sobreprotege, puede llegar a convertirse en una relación tóxica, porque hace daño al hijo en su proceso de maduración. Esto es más frecuente que ocurra con las madres porque muchas mujeres basan su autoestima en ser necesitadas, de manera que  mientras tienen a alguien que las necesita se sienten equilibradas.
Otro ejemplo de relación tóxica es lo que la psicóloga chilena Pilar Sordo llama hijos “no deseantes”. En su opinión estamos criando una
generación que no necesita desear nada porque lo  tienen todo antes de pedirlo. Los padres quieren compensar tanto sus ausencias dando cosas materiales que los hijos ya no necesitan desear nada. La cuestión es que en esa necesidad que tienen los padres de mitigar su propio sentimiento, se olvidan de ver la necesidad que debe tener el hijo de desear, de luchar por lo que quiere. Es por eso una generación que no busca, que no se empeña, que no batalla por lo que quiere. Incluso el aburrimiento lo deben solucionar los padres, cuando lo propio
sería que los hijos se hicieran responsables de su propia diversión. Teniendo en cuenta que los avances personales normalmente ocurren cuando hay que superar alguna dificultad, y teniendo en cuenta que la presencia de los padres nunca se puede canjearpor cosas materiales, este tipo de relación resultará tóxica para las dos partes.
En el caso de relaciones entre adultos, independientemente de que se trate de una relación de pareja, de amistad, profesional, etc. si preferirías no estar con esa persona porque te hace sentir mal, si cambia tu vibración cuando estás con ella porque te transmite sólo negatividad, si te sientes manipulada, si piensas que no mereces ese trato pero no terminas de poner fin a esa relación, si la otra persona usa el sarcasmo, la ironía o la burla para contradecirte, minando tu autoestima y tu capacidad de decisión, si te da miedo expresarte libremente si tu estado de ánimo depende de cómo esté tu relación con esa persona, entonces estás atrapada en una relación tóxica.
Se trata de una relación en la que ambas partes o una de ellas sufre más que disfruta. Una o las dos partes se ven, además, sometidas a un gran desgaste emocional en el intento de convencerse de que tienen que intentarlo todo para salvar la relación. Entonces se llega al autoengaño: pensar que si no muestran malestar se evitará el conflicto, con lo cual aumentarán los problemas de comunicación. Y esto pasará factura. El resultado puede ser la enfermedad física y emocional, porque la represión emocional provoca ansiedad y estrés. Una
importante cantidad de dolencias físicas tienen que ver con la ansiedad: enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial, úlceras, síndrome de colon irritable, dolores de cabeza, migrañas, depresión, ataques de pánico, etc.

 

¿Por qué se involucra una persona en una relación tóxica?

 

Las razones pueden ser muy diversas: por problemas de autoestima; por el deseo de estar acompañado a cualquier precio; por miedo a  seguir avanzando profesionalmente en la vida y tener que salir de la zona de confort; por la necesidad de cumplir un rol social; por  sentimientos de culpabilidad; por pensar que es la solución a los problemas de la otra persona. Estos sentimientos se pueden dar en las dos partes o en una solamente. En general, una persona tóxica suele hacer responsable a la otra de lo que le sucede y tiende a estar  constantemente encima de ella para impedirle tener un espacio que le permita ver que está en una relación tóxica. Para ello puede utilizar incluso el menosprecio y la desconfianza.

 

¿Cómo se puede salir de una relación tóxica?

 

– Trabajando la autoestima, porque la persona tóxica hace creer que la otra persona no sirve, no vale, que la necesita. En realidad
la persona tóxica es una secuestradora de la autoestima.
– Dejando de pensar constantemente en el problema, lo cual sólo consigue amplificarlo, ya que la mente actúa como una lupa: aumenta aquello que enfoca. Deben buscarse pensamientos positivos que lo sustituyan.

Aprendiendo a comunicarse de una manera asertiva.

Estableciendo distancia con la persona tóxica.

Visualizando la desconexión con esa persona.
Se trata de decir Sí a todas aquellas cosas que queremos para nuestras vidas y No a todas aquellas cosas que nos alejan de esos objetivos. Cualquier tipo de relación que provoque malestar, miedo, dependencia, etc.  puede considerarse una relación tóxica. Una relación saludable debe estar basada en la libertad y en la satisfacción mutua.

 

Aprendiendo de las relaciones tóxicas

 

Frecuentemente, los conflictos más importantes en nuestras relaciones, especialmente si tendemos a repetir el patrón, son lecciones que tenemos que aprender. Como todo lo que vivimos, nuestras relaciones tienen un propósito superior. Este propósito incluye afectar a otro ser, ser afectado por ese otro ser y aprender lecciones sobre nosotros mismos. En este sentido, las relaciones pasan de ser una interacción
entre dos personas, a ser un instrumento de autoconocimiento y superación personal.